
Yo tenía seis años…
Seis años, cuando aconteció todo aquello del confinamiento por causas de la pandemia por el covid-19.
Yo tenía seis años… Era evidente que no tenía ni idea de la trascendencia que tenía y mucho menos de la que llegaría a alcanzar. Ahora han pasado treinta años y mi perspectiva actual, a estas alturas y con el paso de los años y todo lo que ello conlleva, me permiten reflexionar y rescatar de la memoria recuerdos, que ahora tienen otro sentido.
Hoy 19 de Julio del año 2050, me encuentro escribiendo este borrador y estas notas, sentado en un parque cercano a casa, acompañado por el alegre e inmisericorde sol de estas fechas, pero al resguardo que me brinda un generoso sauce llorón, que me protege impávido y curioso, mientras me observa viéndome tan ensimismado en mi labor. Eso sí, llevo mi mascarilla puesta, que por cierto, nada tiene que ver con aquellas que se comenzaron a utilizar en aquellos días y que a día de hoy, a esta sociedad, les darían risa, pues nadie se fiaría de ponérselas. Los avances han sido muchos en ese campo, tanto en materiales, como en sistemas de neutralización y protección.
A colación, me viene al pensamiento un comentario que papá me hizo un día respecto al uso de ellas.
Me decía:
«Hijo, acuérdate que algún día las mascarillas terminarán siendo un complemento más de nuestra vestimenta. Son un tanto incómodas o quizá sea la falta de costumbre, pero supongo que también lo serían los zapatos para los primeros que comenzaron a utilizarlos, según dicen, hace treinta o cuarenta mil años antes de cristo. Sin embargo ahora lo extraño es ver a alguien sin ellos, salvo que se encuentre en la playa o en casa, si acaso».
¡Qué razón tenía mi padre!
Bueno, volviendo a aquellos primeros meses del año 2020, que darían lugar a muchos cambios, motivados por las circunstancias y sobre todo por las miles de muertes, que aquella pandemia provocó, me aventuro a hacer un ejercicio retrospectivo, para volver a mi infancia y a lo que supusieron para mí e imagino que para la mayoría de niños, aquellos días y aquella vorágine en la que los mayores se vieron inmersos, casi de la noche a la mañana.
Fue como aquella ola distinta al resto, que de cuando en cuando, rompe en la orilla y arrasa con todo. Aquella ola, que la ves venir, mientras estás sentado tratando de construir algo parecido al castillo de Disney, pero que ni por asomo se asemeja. En todo caso, se podría decir que tiene más pinta de una caseta de aperos de labranza, que del ansiado castillo, pero no importa, ya que nuestra imaginación hace el resto y a nuestros ojos, aquel montón de arena de playa, se ha convertido en el más precioso y mágico castillo de hadas.
Y llega la ola, como decía, esa ola distinta a las del resto de la interminable secuencia de ondas, que el mar nos envía sin pausa, ni cansancio, día tras día, durante años y años. Qué digo años, durante toda la vida. Y se lleva todo por delante. Nuestro «castillo», ahora sí que es un simple montón de arena mojada, una pasta amontonada, que sólo indica que allí hubo algo y alguien, seguramente un niño jugando con su cubo y su pala. Ese niño era yo, al que ahora acompaña un impresionante y monumental enfado y una frustración incontenible. Una ola, que llega con la intención de competir con el resto en ser la que más lejos llegue, para terminar muriendo absorbida por la tórrida arena del final de su existencia. Una arena, sobre la que cada familia de domingueros, ha delimitado una parcela, en la que montar una réplica casi exacta del salón de casa. Y a tomar por culo también el salón de casa y las toallas y la nevera, las hamacas y las chanclas e incluso la abuela, que estaba tranquilamente anclada, donde su familia la había plantado, al cobijo de la sombrilla, que por cierto, también sucumbió al inesperado tsunami…
Aquella ola en forma de pandemia, cogió a todos y digo todos, por sorpresa. Ni las autoridades, ni los científicos, ni los más eruditos en temas de contagios, epidemias y pandemias, imaginaban tal magno alcance o por lo menos eso nos pareció.
Muy pocos quedarían que hubiesen vivido por entonces tanto tiempo, como para contar que hacía «equis» años habían sufrido algo similar. Aquella «Gripe Española», que en la historia más reciente es el único ejemplo con el que poder comparar la situación, salvando tiempo y distancia, sería el único referente próximo en la historia. Muy pocos abuelos, en su repertorio de batallitas, tendría alguna que hablase de algo parecido, pues seguramente supervivientes de aquella pandemia, si quedaba alguno, estaría en algún lugar recóndito y a saber…
Seis años y ya aprendí un montón de palabras nuevas, que hasta entonces jamás había escuchado y mucho menos sabía de su significado: la propia palabra «Pandemia», el susodicho bicho «Coronavirus/Covid-19», «Confinamiento», «Estado de Alarma», «Inmunidad de Grupo», «Wuhan», etc.
Así, todo un repertorio de vocabulario, frases y comentarios, que a cada segundo se escuchaban en las conversaciones de los mayores y en las noticias. Noticiarios que se habían convertido en monólogos monotemistas de la única actualidad que parecía existir, el dichoso virus, venido de la «cercana» China.
Los rostros de preocupación de los mayores contrastaban con la alegría de los nuestros: De repente habíamos dejado de tener «cole» y nuestros padres, pasaban horas y horas en casa con nosotros, como nunca habían hecho, salvo los fines de semana y vacaciones. Hasta jugábamos juntos a un montón de juegos, que nos enseñaron, de cuando ellos eran niños. Cocinábamos con mamá, veíamos pelis todos juntos, sentados en el sofá del salón. Incluso teníamos programados días y horas, para hacer video-llamadas en grupo, a los abuelos, a los tíos. A mi hermana y a mí, papá y mamá nos dejaban el móvil para hacer lo mismo con algunos de nuestros amigos.
No íbamos a clase, pero la «seño», nos mandaba deberes para hacerlos en casa y también nos llamaba por video-llamada, para ver cómo íbamos. Cierto era que no salíamos de casa, porque nos habían comentado que había un «bicho», que nos podía contagiar y nosotros podíamos contagiar a los abuelos y se podían morir, porque ese bicho atacaba más a las personas mayores.
Papá y mamá, establecieron turnos para una vez por semana, salir a comprar lo indispensable, aunque en casa, no faltaba de nada, pues ellos tuvieron la previsión de acumular casi de todo, días antes de que se prohibiese salir a la calle, salvo por motivos justificados.
Sólo hubo una cosa de aquella situación, que reconozco me daba pena y que de veras la echaba de menos: Sacar a «Chucho», nuestro perro, para que hiciese sus cosas en el descampado y que corriese y saltase cuando le lanzábamos su pelota de tenis favorita, a la que tanto cariño le tenía. Pero bueno, eso fue durante los primeros días, ya que luego sí dejaban a los mayores poder sacarlos un ratito a pasear, por los alrededores de casa. Nosotros no podíamos acompañarles, pero esperábamos ansiosos su vuelta, pues Chucho regresaba como si le hubieran recargado las pilas y mi hermana y yo nos pasábamos más de una hora entera, antes de la cena, jugando con él en el pasillo, lanzándonos la pelota, hasta que el pobre terminaba exhausto.
Tenía seis años y era difícil no prestar atención al escuchar ciertos comentarios, ciertos datos y ciertas noticias, sobre todo por la tele, aunque mis padres, en la medida de lo posible, intentaban filtrar un tanto todo aquello, pero era inevitable no oír hablar de muertos y de cifras, que bailaban de un día para otro. Yo no sabía si aquellas cantidades de fallecidos que se barajaban, significaban muchas o eran pocos, pero ver las caras y los gestos de mis padres, hacían suponer que aquello tenía cierta gravedad.
Como dije antes, en casa teníamos de todo para comer y lo poquito que iba reduciendo sus existencias, papá o mamá, se encargaban de reponerlo en alguna de sus salidas de avituallamiento. Por eso nunca percibí preocupación alguna en ese sentido. Otra cosa era oír hablar a mis padres de la situación de algún amigo, conocido e incluso de las familias de algunos de nuestros compañeros de colegio o incluso de la nuestra propia. Aquello de que «fulanito» me ha dicho que no puede pagar el alquiler; que si «menganito», este mes ya no puede hacer frente a la hipoteca; que si el hermano de «tal», no tiene ni para leche; si la hermana de «cual», está yendo a Cáritas a por comida…
Eran comentarios que comenzaban a provocarme cierta inquietud y desasosiego, pues me eran perfectamente entendibles y me empezaban a preocupar. Demasiado como para que un niño de seis años, apartarse la vista de la pantalla de la «playstation» y le propusiese a sus padres el traerse cada día a una de esas personas a comer a casa y si no tenían donde dormir, yo dormiría en la misma cama, con mi hermana y así habría otra habitación disponible para quien no tuviera donde pasar la noche.
Todo aquello que comenzó como un juego, una «movida» divertida y completamente distinta a la monotonía diaria, que vivíamos hasta entonces, fue tomando un cariz diferente y la sonrisa de mi boca se fue tornando en una mueca de desagrado y preocupación.
Pero mis padres, que creo que de eso entendían un poco, supieron darle la vuelta a la situación, que mi hermana y yo comenzábamos a vivir de una forma distinta. Abstrajeron nuestra atención y nuestras elucubraciones, para hacernos ver que sí, que todo era un tanto serio, pero que también era cierto que sería una etapa pasajera, que pronto volvería a una cierta «normalidad».
Una «normalidad», que jamás volvería, tal y como entendíamos la anterior…
Después, todo fue una sucesión de «vaivenes sociales». Una montaña rusa de medidas «en pro de» o «en contra de». Un «poner normas, para…» y un «saltarse normas por…». Peleas y discusiones porque «tú no cumples y nos vas a joder…». Quejas porque «si cumplo esa restricción, mi negocio se va a pique..»
Y así una y mil historias más, según a qué sector afectase o a quién…
Y sin apenas darnos cuenta, nos metimos de pleno en el verano. Un verano que todos ansiábamos y más aún los que vivimos pegaditos al Mediterráneo. Pues en fin, aquello no vino más que a empeorar la situación y a enrarecer más si cabe el ambiente entre los propios conciudadanos. Así, despacito, poquito a poco, sin casi hacer ruido, las cifras iban de nuevo sumando y sumando casos de nuevos contagios por rebrotres, y para cuando nos fuimos a dar cuenta, estábamos de nuevo mi hermana y yo jugando a la pelota, con Chucho, en el pasillo de casa, con la despensa nuevamente abarrotada de víveres y tirando de los ahorros de papá y mamá, para según ellos capear de nuevo el temporal.
Como nosotros muchas personas. Familias, aunque también he de decir que con menos suerte que la nuestra, pues ya eran muchas las que habían visto mermado el número de sus integrantes, debido al fallecimiento por causas del dichoso «bicho».
Yo tenía seis años… Y mi única preocupación debía ser la de jugar a todo, ver dibujos animados, disfrutar de mis amigos y mi familia y en definitiva, la de vivir la vida.
Yo tenía seis años… Y ya estaba cansado de pasar muchas tardes en casa de mis tíos o de mis vecinos, para que mis padres pudiesen asistir a infinidad de funerales de familiares y amigos.
Yo tenía seis años… Y no debí haber asistido al funeral de mi padre tan pronto. Y mucho menos tener que asistir, cogido de la mano de mi hermana, poco después, al funeral de nuestra madre.
Yo tenía seis años… Y sólo quería tratar de entender muchas de las cosas que me estaban sucediendo. Seis años y un montón de porqués en mi haber, que lo único que estaban consiguiendo era hacer mella en mi fé. Seis años que me matricularon en la universidad de la vida en la licenciatura de «Supervivencia».
Yo tenía seis años… Pero ya no tenía padres.
Yo tenía seis años… Pero ya no tenía lágrimas para canjearlas por dolor.
Yo tenía seis años… Pero ya no tenía ilusiones para disfrutar como un niño.
Yo tenía seis años… Pero ya no tenía ganas de hablar y de contar tanto como tenía para contar, aunque de veras lo necesitaba.
Yo tenía seis años… Pero muchos otros niños dejaron de tener seis años… Y dieciséis y veintiséis, y treinta y seis, y cuarenta y seis, y cincuenta y seis… Y ochenta y seis.
Yo tenía seis años… Y de repente pasé a tener treinta y seis años.
Y aquí me encuentro, revolcándome en mis recuerdos, empapándome e mis lágrimas y embarrándome en toda mi mierda, esa que me tocó vivir y recoger durante mi infancia y de la que aún me queda, como para seguir oliendo a podredumbre durante bastante más tiempo…
Yo tenía seis años… Y hoy he vuelto a volver a tener esos seis años. Hoy necesitaba volver a tener seis años, porque necesitaba volver a creer en los fantasmas, para poder mirarles a la cara y así poder acabar con ellos. Que se largasen de una vez por todas, de mi puta vida y que se llevasen con ellos sus sábanas blancas, manchadas de toda esa mierda heredada. Que ese olor a podredumbre dejase en paz a mi «pituitaria amarilla» y por ende, también a todos los malos recuerdos, que una vez procesados esos olores, mi cerebro se encarga de enviarme, como pago por el cumplimiento de mi condena personal.
Por suerte, a partir de hoy ya no volveré jamás a tener seis años, porque todo aquello, sólo fue una pesadilla y ya fue hora de despertar.
Yo tenía seis años…
Dulce Lokura…, que es la que nos quitará la amarga locura de aquellas fechas.


