¡¡A Vueltas Con La Vida!!
No descubro nada si os digo que, tengo la sensación últimamente que, parece vivamos en un mundo extraño, raro, egoísta e incluso a veces diaria que párvulo.
Que vivimos empujados por la propia inercia de una sociedad que nos arrastra y de la que consciente o inconscientemente somos rehenes. Pero hay días en los que te despiertas y quieres revelarte contra todos esos estereotipos de los que somos cómplices y abandonar el «Síndrome de Estocolmo» al que vivimos abrazados. Y otra vez te preguntas en qué momento he aceptado yo esas «cookies», que me imponen mensajes de sumisión con los que nunca he comulgado y que sin embargo tolero.
Pero al final te paras a pensar, tomas distancia y por momentos te vienes arriba y exclamas un «NO» rotundo y firme, que no dura más que aquel «volvemos en siete minutos» que dicen en la televisión. Siete minutos que hoy he utilizado para expresar un sentimiento y contaros una experiencia que ha hecho darme cuenta de que sigo vivo; que aún a pesar de todo, sigo teniendo la capacidad para ser consciente que hay gente humilde, sencilla, maravillosa, gente real…
Gente de carne y hueso, vestida como tú y como yo, tan inocentes como si hubiesen nacido ayer mismo…
Y es que hoy he conocido a un negro. Sí, un negro. Un negro muy negro y no, no me refiero a él, como negro en tono despectivo, pues podría haber dicho que se trata de una «persona de color», pero una gran amiga mía (también muy negra), un día me corrigió y me dijo que no, que ella no era una persona de color, pues no era ni azul, ni roja, ni verde, que era negra, tal cual. Y no le faltó razón, son negros y el sentido que quieras darle, simplemente radica en el corazón, en el alma, en el cerebro o tal vez sencillamente en el tono que utilices al referirte a ellos.
¡Mamadou!
Mamadou es un SEÑOR (con mayúsculas, y ya entenderéis el porqué de las mayúsculas cuando hayáis leído esta historia). Dicen que nadie sabe ciertamente su edad, pero a mí, en el ratito que he compartido con él, me ha confesado que tiene cincuenta y todos.
De aspecto endeble y espigado, con un semblante peculiar, de cabello afro-rizado, sonrisa perpetua y mirada honesta. Senegalés, no sé si de nacimiento o por condena, pues el destino le obligó a abandonar su país por diversos motivos, que casi siempre vienen siendo los mismos. Me cuenta que vive en Cataluña 35 años y que las veces que ha vuelto a su país, a ver a su familia, allí le llaman emigrante. Y que aquí, a pesar de los años, al volver, también siguen llamándole emigrante. Pero él se ríe y hasta creo intuir que se siente orgulloso de ello.
Después de tantos años aquí, su lenguaje, aunque entendible, es peculiar, pues habla tanto español como catalán, pero al conversar conmigo y ver que yo le hablo en castellano, trata de hacerlo él también en mi lengua, sin darse cuenta que de cada diez palabras en castellano, me regala dos o tres en catalán…, y ambos nos reímos de nuevo.
Llegó al continente en avión, pues inicialmente recaló en Francia, pero no le gustó, ni el entorno, ni la lengua y acabó lo más cerca que pudo geográficamente, pero lo más lejos que pudo culturalmente… Y fue así como recaló en L’Alt Empordà. «Hace 35 años podías venir en avión, de hecho, podías ir a cualquier parte del mundo sin problemas, pero ahora te miran hasta los calcetines», me dice irónicamente y vuelve a echarse a reír, haciéndome de nuevo cómplice de su sarcasmo y de sus risas.
Hoy sigue viviendo allí, concretamente en Terrades, un pueblo de algo más de trescientos habitantes, sencillo y tranquilo, rodeado de montañas, de bosques y de buenas gentes.
Mamadou se queja con nostalgia de que cada vez vive menos gente joven en el pueblo y que todo ha cambiado mucho. No le gusta cocinar y tampoco tiene tiempo para ello afirma, pues vive sólo y prefiere ir a lo cómodo, así que se acerca al centro cultural del pueblo, donde está el único bar y allí suele comer algo y sobre todo desde que mis compadres Manel y María José regentan el negocio, pues siempre hay un buen menú que elegir.
Me confiesa que desde que llegó a España, nunca ha estado en el paro. Es albañil de profesión, «paleta» que le dicen por estos lares, y que ahora tenía unos días de vacaciones, pero que este año no iba a ir de viaje a ningún sitio, pues aquí, con los suyos, estaba bien y de momento no necesitaba mucho más para ser feliz.
Inocentemente le pregunto:
Mamadou, ¿eres el único «negro» del pueblo? Y orgulloso asiente con la cabeza y esboza otra de sus peculiares sonrisas y no sólo eso, sino que quizá también sea el único inmigrante, me apunta.
Como curiosidad os contaré que lleva en el pueblo más tiempo que el actual alcalde; es más me comenta que él ya vivía en el pueblo más de diez años cuando éste nació, queriéndome hacer entender con ello, que se considera muy mucho de este pueblo, que prácticamente le ha visto crecer o más bien madurar y hacerse una persona de bien, respetada y querida por todos.
Una vida que os aseguro daría para un relato muy extenso y creedme que no sería por falta de ganas, pues sus vivencias y la forma en que me las cuenta, son pura inspiración. Y aquí estoy, pintando letras y tratando de regalarle un sencillo homenaje, extensivo a todas esas personas que un día soñaron con un mundo mejor y lo consiguieron, aunque sin ostentación, ni riquezas. Simplemente consiguieron vivir, vivir tranquilos y en paz; con su hogar, su trabajo y rodeados de gentes, que no sólo lo aceptaron en su día, sino que también lo quieren y lo respetan como a uno más.
Hemos charlado de todo: de la vida y su día a día; de los pueblos y sus gentes; de banderas y fronteras; del ir y venir de las cosas y las vueltas que da el mundo, con sus guerras y mentiras…, con sus bonitas historias (que las hay) y sus tragedias (que también las hay). Pero eso sí, siempre con una sonrisa, aunque también con cierta desilusión por esa, no sé si llamar nueva ola o corriente xenófoba, que últimamente se ha apoderado de ciertos círculos, que no consideran semejantes a todos aquellos que hayan «mamado» otra cultura o simplemente que los índices de melanina de su piel, superen en mucho el porcentaje de aquellos que se sienten «puros y patriotas» o bien, que sus rasgos físicos sean fieles a otros estereotipos o cánones patrios pseudo-establecidos, y que por ese hecho se les considere diferentes e inferiores.
Y vuelve a reír y sonreír a cada historia mía que yo también le cuento, a cambio de otras suyas, que os aseguro son más interesantes y conmovedoras.
Quiero creer y estoy seguro que no me equivoco, pero hoy he tenido la suerte de encontrarme con una «buena persona»; de esas que con tristeza diría que escasean, aunque con cierto halo de esperanza e ilusión, quiero pensar que sigue habiéndolas y que simplemente andan mezcladas entre la multitud pasando desapercibidas entre el resto de los mortales, a la espera de que mañana amanezca un mundo mejor o cuando menos más comprensivo.
Este es un simple relato, de un día cualquiera, de una persona cualquiera, en un pueblo cualquiera, que me ha inspirado y al que yo simplemente he dado visibilidad, he hecho público su nombre y también un trocito de su vida, que bien podría ser la de muchos otros, que quizá no hayan tenido tanta suerte.
Nada más, simplemente ha sido eso, aunque para mí ha significado mucho más, pues por un momento me he sentido feliz y bien conmigo mismo y también con esta sociedad, que por momentos se tambalea y me desilusiona, por desgracia cada vez más…
O quizás haya sido que hoy no he visto el puto telediario….
No sé lo que nos deparará el destino, pero ojalá vuelva a reencontrarme con él. Mientras tanto, quise tener un detalle, para que recordase este momento, que ambos disfrutamos, así que le he regalado algo que aprecio mucho: «23 Días de Mayo». Sé, porque me lo confesó él, que no lo va a leer, más que nada, por el idioma, pero a cambio me ha prometido que lo guardará con cariño toda la vida. Con eso me siento más que satisfecho.
A vueltas con la vida…
¡¡Muchas gracias por dejarme conocerte un poquito, Amigo Mamadou!!
Dedicado a todos los «Mamadou» del mundo.
A vueltas con la vida… y con mi DulceLokura, a la que hacía tiempo que no veía de cerca…


