Se despertó sobresaltado en su cama… Extendió la mano derecha buscando la carne, el calor, la complicidad de su amada… Nada, no busques nada, hace días que duermes solo. Te olvidaste de obligarte a no soñar…
Giró la cabeza y confundió su intención. Se incorporó sentado en el travesaño de su cama e hizo el amago de encender la chusta, que le quedaba de los rescoldos de la noche. Medicación auto recetada: su dosis de evasión, que día a día le abstraía de su letargo emocional. Se distrajo de su intención y miró hacia la puerta, apenas tres pasos le separaban de ella. Antes de abrirla, giró la cabeza hacia su lecho y observó que sus sábanas no conservaban el hueco dejado por su cuerpo, tras varias horas de haber yacido en él. Ni siquiera existían en ellas las arrugas que dibujasen el guion de su descanso. Como si nadie hubiese dormido allí esa noche.
Una vez ante la puerta, la abrió, se asomó y vio huir los colores, avasallados por el intenso tono negro que teñía todo: sombras, penumbra, oscuridad. Apenas un hilo de luz le permitía distinguir lo que su mirada digería. No le gustó el paisaje, cerró de nuevo la puerta y trató de parpadear varias veces. Sus párpados no se abrían, presos por sus negras pestañas, que estaban engarzadas como eslabones. Sólo sentía en sus ojos el rem de sus pupilas titubeando dentro del globo ocular. Era una sensación extraña, una impotencia que no le agobió, pues a pesar de todo, distinguía todas y cada una de las cosas que tenía ante sí.
Se dirigió de nuevo hacia su cama, se volvió a sentar y esta vez sí prendió la colilla del porro, que hacía nada había despreciado. Le dio dos caladas, que le llenaron sus adentros de un agradable vacío, subió las piernas hacia la cama y sonriendo se volvió a tumbar, con una mano en el pecho y la otra en el lugar que un día alguien, dejó vacío y frío.
Fue entonces cuando exclamó: ¡¡Mejor sigo muerto!!
Una voz en el exterior murmuró:
«Ahí llega el coche con las coronas…»


