Y es que ayer vi un documental que hablaba del Varano. Sí, esa especie de «Lacoste» gigante, también llamado Dragón de Komodo. Dicen que quizás sea la especie que más parecidos guarde con los extinguidos dinosaurios.
La verdad es que ya había visto algún que otro documental al respecto y prácticamente este último que vi, no me desveló apenas nada que no supiera ya. Pero he de reconocer que me atrajo de nuevo y ahí estuve, pegadito a la tele, viendo a un tipo que tenía más de loco que de aventurero o naturalista o biólogo o lo que ostias fuese…
En fin, que una de las cosas que más me sorprende y alucina de esta especie de Lagartijo gigante, es que su saliva es altamente tóxica y que contiene una increíble cantidad de bacterias, muchas de ellas todavía no catalogadas y respecto a las cuales no existe antídoto aplicable ante una accidental mordedura de este bichejo. Se alimenta principalmente de carroña, pero también suele atacar a sus víctimas, a las cuales, una vez atacadas no procede a devorar, sino que después de haberles mordido, aguarda el tiempo necesario, incluso en ocasiones varios días, según sea el tamaño de la presa, para que esta muera a causa de las letales infecciones que su saliva le ha producido…
Y a estas alturas ya estaréis pensando en que se me ha ido la pinza o que me ha poseído algún espíritu canijo, venido del National Geographic o igual hasta incluso que Félix Rodríguez de la Fuente me vino a visitar anoche: «… Amigo Félix, cuando vayas al cielo…, quiero ir contigo a jugar un ratito…», jejeje.
Nooooo, no desvarío ni nada por el estilo, pero hoy en uno de esos momentos de «ausencia», de flagelación al corazón y a la mente, cuando me sumerjo en el baúl de los recuerdos y solo encuentro telarañas de melancolía y el polvo que levanta la nostalgia y la catarsis de lo que fui, soy y seré, ha sido justo en ese mismo momento, en el que ese nudo que se forma en la garganta y ese apretón al corazón te hace pensar que no puedes dejar de respirar, aún a pesar de que ese dolor te invita a dejar de hacerlo, ha sido cuando me he acordado de la saliva y de que cuando todo está cabeza abajo y no le encuentras la punta para poder retomar el camino, hay que tragar saliva y ayudar a que el bolo que se ha formado en tus entrañas descienda y sea digerido más por la mente que por el propio estómago, justo casi lo mismo que cuando vemos a alguien o algo que nos infringe dolor, impotencia y nos reconcome, aunque la víctima sea ajena a nosotros y decimos aquello de «Hay que tragar saliva…», para asumirlo y entenderlo…
La saliva del varano, ¿esa…? Esa es casi inofensiva en comparación al poder que tiene la saliva humana. Es increíble lo que puede llegar a producir el tragar nuestra propia saliva, la sensación de calma y tranquilidad que nos puede llegar a aportar, cuando crees que todo está quebrantado, roto, ausente y la ausencia de luz es el único brillo que percibes… y tragas saliva y todo vuelve a su ser y todo parece estabilizarse dentro… y solo queda la herida que cicatrizará y solo quedará la marca que te recordará que hoy te sobrepusiste y mañana otra y sin apenas darte cuenta a reponerte, te encontrarás con otra y así hasta cuándo…? Pero tragaré saliva, una y otra vez, porque mi saliva no es la del varano…


