En un lado de la cama, un ramo de flores secas ya de varios días, en el que inexplicablemente, permanecían todavía frescas, dos Margaritas Negras, una por cada uno de ellos.
En el otro lado, soñando con ella, se encontraba Samuel, descansando su cuerpo, tranquilo y quieto…
De repente dos espasmos y una convulsión repentina, seguida de un movimiento brusco, que arqueó su columna vertebral, terminando en un gesto tal y como si de una arcada se tratase, que le hizo vomitar su propia vida… Sintió así, como su cuerpo se liberaba de su alma, que levitaba sobre su lecho, un par de metros…
Desde allí arriba pudo contemplarse a sí mismo, sentado en el travesaño de la cama, con las piernas colgando sobre un abismo infinito y oscuro, sin que sus pies alcanzasen a tocar un suelo que le permitiese anclarse de nuevo a la vida. Parecía meditar, triste y cabizbajo. En su mano izquierda una de las Margaritas, asida por el tallo y entre los dedos un cigarro que se consumía lentamente, esperando esa calada que apresurase el final de su vida, mientras el humo ascendía lentamente, hasta llegar a meterse en sus ojos, para empujar esas lágrimas impacientes, que asomadas al balcón de su mirada, esperaban un último pensamiento, ese último bonito recuerdo, que les diera la libertad para correr mejillas abajo, dejando tras de sí un rastro, húmedo de tristeza y desconsuelo, hasta caer al abismo, que bajo sus pies había engullido los cimientos de su tranquila vida.
Solo en casa, mientras ella permanecía ingresada entre cuatro paredes blancas, enganchada a la vida, luchando por volver a respirar con esa cadencia constante que le dijese que sí, que la vida le daba otra oportunidad… Pero ese sólo era su sueño y por supuesto, también el de él.
«Tus miedos no son más grandes que los míos, ni los míos lo son más que los tuyos, simplemente son distintos. Tu angustia es por el miedo a que todo se acabe, a que te llegue el final y en tu final, en ese final, es donde da comienzo mi calvario, mi pena, mi tristeza… Es donde tengo que empezar a aprender a dar cabida en mí, a mis días sin ti, al sinsentido de coleccionar los minutos que sumen las horas necesarias para llegar a casa y encontrarte allí esperándome con un apasionado y deseado abrazo. A no tener a quien decir te amo, a reír solo, como si estuviese loco, a llorar sin consuelo y a no tener metas, por falta de ilusiones compartidas… Tus miedos son otros, que desaparecerán con tu marcha, los míos se quedarán aquí conmigo, burlándose de mi desgracia y alimentándose de mi declive como persona, hasta que aburridos se marchen en busca de otro desgraciado».
Esa fue su última charla…
Sujetando firmemente una de esas Margaritas, le empezó a quitar sus pétalos negros, como en ese juego de enamorados del «¿Me quiere? No me quiere…», pero esta vez con una versión distinta y suya: «¿La pierdo? No la pierdo…» Un pétalo tras otro, iban cayendo como papelillos, como un confetti de luto, al pozo oscuro que seguía teniendo bajo sus pies, y así, hasta llegar al penúltimo pétalo, ese que hace innecesario e inútil arrancar el último, pues ya es obvia la respuesta, si en el penúltimo salió: «No la pierdo…»
En la mesita de noche, colgada sobre la lamparilla, una cadenita de oro con una medalla de su «Ángel de la Guarda» y junto a ella un bote de ansiolíticos completamente vacío, a la sombra de una botella de whisky del bueno…
Fuera, en la calle, se escucha a alguien golpear la puerta y comentar:
— Yo no le he vuelto a ver desde hace un par de días… Y a su sobrino tampoco. Me parece que se fue de viaje y regresaba hoy…
— Pues no esperes más, coge el teléfono y llama…
— Uno, Uno, Dos. ¡Dígame…!
Dulce Lokura la Mía… Que piensa que es mejor enamorarse de una Loca, que de una Cuerda…, porque las cuerdas atan…
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