«Seres» y «Estares» de una Infancia.
¡Qué diferencia había a la hora de cruzar esa puerta en un sentido o en otro!
Hacia dentro significaba sumergirse en otro mundo. Era como sentir algo parecido a la ansiada libertad del preso. Volar libre y creerse de repente un adulto, lejos del control parental. Éramos prófugos de nuestra propia infancia. Exploradores de un mundo tan lejano como cercano, no más allá de las espaldas de las casas de nuestro barrio.
Por el contrario, hacia fuera significaba volver a estar presos. Sometidos de nuevo al escrutinio del dónde, cómo y por qué, de nuestros padres. Bueno, más bien de nuestras madres.
Muchas veces regresábamos con heridas de guerra, jirones en la ropa o con más manchas en ellas que un dálmata.
Tanto apurábamos la hora de vuelta a casa, que ni tiempo teníamos para elaborar una coartada creíble, que nos librase de una buena reprimenda y el consiguiente castigo.
Pero eso sí, volvíamos saciados de jugar; de explorar; de tramar y maquinar; de tratar de ser arquitectos de nuestros propios refugios.
Nuestras cabañas, en las que con apenas nueve años, nos escondíamos para fumar furtivamente, un cigarro tras otro. Profundas caladas, que nos llenaban de humo y tos nuestros adentros, aturdiéndonos. ¡Pero, qué hostias! Nos sentíamos mayores. Aturdidos, pero mayores. ¡Y qué es un adulto, sino un niño aturdido! Pues la vida, al parecer tiene eso, que con el paso del tiempo, nos atonta y no poco.
Pero de lo que se trataba era de disfrutar de otra tarde, de aquellas largas vacaciones de verano de los recién estrenados años 80.
Cruzar la reja del barranco de ca’ «La Chitorra» o «La Tía Merina», era siempre una aventura llevada a cabo con premeditación y alevosía, aunque nosotros no tuviéramos ni pajorera idea de qué significan aquellos «palabros». Eso sí lo de la nocturnidad, que sí que lo habríamos entendido, por nuestro bien, nunca se llegó a dar.
Traspasar esa puerta era una misión compleja para nuestros ocho o nueve años, ya que aquellos planes, debían permanecer en secreto, para evitar que los adultos se enterasen y con ello todo se fuese al traste.
Salvado ese escollo, lo siguiente era tratar de hacerlo con sigilo, para no hacer saltar las “alarmas” de las vecinas, cuyas viviendas flanqueaban el acceso a «la reja». Por ello debíamos hacerlo en silencio, no nos fuesen a descubrir y andasen con el cuento a alguno de nuestros padres.
Me río yo del salto de la valla de Melilla o del asalto a la reja de la «Blanca Paloma» en el Rocío.
Tres maneras de cruzarla: Saltándola, salvando las afiladas y oxidadas puntas de lanza que la remataban; atravesándola a modo de contorsionista, a través de dos de los barrotes que estaban un poquito más separados que otros; o bien, pasarla por debajo, reptando como una culebra, gracias al hueco que habíamos formado en el suelo pedregoso del barranco, por el desgaste de tanto pasar, día tras día.
¿Y qué era aquello que tanto nos llamaba la atención de aquel peligroso e inhóspito paraje?
¡La sierra!
La Sierra de Callosa, su ladera y todo lo que ella suponía: peligrosos peñascos, chumberas impenetrables, paredes verticales de roca viva, terreno irregular, casi impracticable en algunos casos. Un lugar donde incluso las cabras se hacían esguinces. Por no hablar de la rica y variada fauna, que habitaba aquel árido paisaje: culebras, lagartos, escolopendras (ciempiés de toda la vida) y algún que otro bicho poco amigable, pero susceptible de ser examinado por nosotros y sometido a nuestro juicio de «vida o muerte», que casi siempre terminaba con el veredicto de…
Y es que éramos unos inconscientes y no teníamos piedad, ni de nosotros mismos. Vamos, que éramos lo que viene siendo unos «cafres».
Y comíamos «paleras», de textura babosa y pringosa, con sabor casi inerte; sorbíamos la miel de ciertas florecillas de color malva, que moteaban el monte bajo; o espoleábamos aquel almendro solitario, cuando su fruto ni siquiera había formado su dura cáscara y la almendra era tierna. Pura leche. Y allí estaba el pobre almendro, siendo testigo mudo de nuestras andanzas, cual “Quijotes” imberbes. Y así se lo pagábamos nosotros…
¡Aquel era nuestro territorio! Bueno en realidad, aquel territorio era más bien de los bichos. Pero nosotros éramos los descendientes lejanos de Pizarro, de Hernán Cortés o incluso del propio Cristóbal Colón. Conquistadores del «nuevo mundo». Un mundo a la vuelta de la esquina de nuestras casas, pero que para nosotros estaba allende los mares.
Y es que el único vestigio de civilización que allí había, eran las vetustas y abandonadas instalaciones de una antigua fábrica de hilado, que transcurría paralela a las descuidadas fachadas traseras de las viviendas, que formaban nuestra calle: la Avda. Ciudad Jardín y Espaldas, justo desde el Grupo El Almendro, hasta el linde con el barranco de José «El Marcelina», pegado al paraje de la Cueva del Zapato (lo que hoy viene siendo la salida del túnel del Ave). Aquellas instalaciones en desuso, constituían otro peligro añadido para nuestra integridad, pero para nuestros ojos ávidos por descubrir, no eran otra cosa que nuestro particular «parque de atracciones» secreto.
Y luego estaban «Las Colmenas».
Pobrecitas las abejas. Trabajadoras incansables en pro de nuestra subsistencia como humanos, que allí gracias a las plantas de romero, se afanaban en producir su rica miel, con su peculiar vaivén, de allá para acá, hasta la caída del sol o en el peor de los casos, hasta nuestra aparición.
Y es que en realidad, nosotros procurábamos respetarlas. ¡Sí, respetarlas! Hasta la primera pedrada al cajón de madera, de alguno de nosotros, al grito de «hijoputa el último» o «sálvese quien pueda», ante la estampida despavorida de las pobres apis, que enfurecidas salían tras nosotros, en busca de venganza o más bien diría yo, que en defensa de lo suyo y de su reina.
Y ese era el porqué aquella vieja puerta de hierro significaba tanto para nosotros. Tanto disfrute tras ella, tantas aventuras, tantas travesuras y tantos disgustos para nuestros padres y en consecuencia, también alguna que otra «tunda de azotazos», para más de uno de nosotros.
Y ahora, más de cuarenta años después, de aquello sólo queda una triste sensación de abandono y los recuerdos, que recientemente y gracias a esa foto que mi amiga Margarita Coll subió a las redes, me han venido a visitar y yo que no me los quiero volver a guardar, los comparto con quien guste de echarle un vistazo a alguna de aquellas aventuras de nuestras peculiares e “inocentes” infancias.
La infancia, nuestra infancia. La de antes, aquella que nos concedía otras libertades, que hoy en día son impensables, para niños con las edades que nosotros teníamos por aquel entonces.
Y bueno, os tengo que ir dejando, pues debo volver a casa. Mi Madre estará esperándome con el bocata de Tulicrem, pa´ merendar.
Y por favor, si os pregunta, no decidle que vengo «del barranco»…
Dulcelokura la mía, porque ruiso crecí y ruiso sigo… Por lo menos de pensamiento 😉



Como me has transportado a los 10 años, justo en ese barranco yendo contigo, me caí y me rompí el coxis y la mama se enteró el día que di a luz a mi hijo, jeje cuanto hemos disfrutado allí 😍😍😍
Bueno, bueno, bueno…. como me gusta esta escritura tuya llena y cargada de poesía. Yo que viví una infancia muy rural y anterior a la tuya, cuando leía tus vivencias recordaba las mías, en medio del crujir de las hojas de las viñas.
Me has transportado a ese momento de tu niñez … FANTÁSTICO!!!
Todo magia era esa forma de vivir besoss