«ADIÓS PEQUEÑA, ADIÓS»

        Desembarcó exhausto en la orilla de aquella playa gris, huérfana de una isla aparecida de la nada… Navegó toda la noche en el bote auxiliar, con la única compañía de las estrellas, la suave brisa que le regalaba hacia un destino incierto y el cuerpo helado e inerte de su amada, que yacía ante su mirada perdida. Sus ojos ausentes, de brillo triste y lágrimas agrias, que recorrían sus mejillas y mezclaban su sabor salado con el gusto a yel del sudor de su piel y que desembocaban en su boca tragos amargos de dolor…


        Ella era inmensamente bella, de tez blanca y rasgos anglosajones. Su cabello negro hacía más fuerte y hermoso el contraste que sus ojos verdes y el rojo natural de sus labios carnosos otorgaban a su carita de niña… La muerte le había regalado macabramente una sonrisa casi perfecta en el momento de llamarla… ¡No sufrió! Apenas pudo grabar en su retina el momento, la sombra, el vació de la mente y el fugaz resumen de su corta, pero intensa vida…


        El bote varó en la arena y él cargó con el cuerpo casi infantil de quien le había regalado sus mejores días, la felicidad encontrada detrás de cada rincón de su existencia… La pasión desmesurada, la entrega desmedida y el regalo de una virginidad entregada a él de manera casi inconsciente y de forma incondicional, cuando todavía los sentimientos entremezclados de niña a mujer confunden una y otra vez las intenciones…


        Apenas treinta metros tuvo que llevar el cuerpo en sus brazos… Lo dejó despacio en la arena…, cincuenta centímetros «casuales» hacían que el viento ya no jugase con su lacio y negro cabello… Arrodillado ante ella, se inclinó y le dio un último beso en los labios y acarició su mejilla. Sólo tardo unos minutos…


        Volvió al bote sin mirar atrás y agarro el remo manchado de sangre todavía fresca…

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