Mi Abuela me dijo un día, que el mejor regalo era tener salud y aunque era sabia en sus pensamientos, esta vez se equivocaba, pues el mejor regalo era tener una ABUELA.
Magia en su casa, visita obligada, domingos de paga y a cambio un beso por mejilla y ella achuchón de propina.
La Singer en la entrada, ya no cose… Una caja con cientos de botones: de vestidos, de camisas, pantalones… Huevos de madera para zurcir calcetines, dedales de hierro, agujas enhebradas, imperdibles y cajita de alfileres… Utensilios de costura, carentes de uso, porque ya la vista no acompaña y que ahora duermen «alsaos» arriba en «La Sala».
Alacena con olor a especias, cocina con menajes de bronce, sartenes negras, mesura de aceite y las recetas en «la nube». Manjares colgados al relente para terminar su cura… Patio de flores y aljibe de antaño, lleno en días de lluvia, menguado en los días de canícula…
Abuela quiero nocilla… Pan, “chorreá” de aceite de oliva, cola-cao, se juntaban las dos mitades, las abrías, et voilá: aparecía la «nocilla».
Y abuela, dame un “duro» pa comprarme «pica-pica en el kiosko de la «Tía Merguisa».
– Ven aquí cariño: Extendías la mano, el bote del «Salcedol» (sal de frutas, ke ahora se llama «Eno»), vertía un poquito en la palma y ale, ya estaba el «pica-pica»… Y el «duro» pa su bolsillo, pa comprar el «Tele-Programa».
Sus manos, su piel, su voz, su mirada, la ternura… Un Ángel vestido de piel arrugada, de años a la espalda, de carencias de todo, de hambrunas, de cariños, de libertades, que hacían una vida triste de guerras y posguerras, que se iba… Se iba alejando, camino de lo inevitable y antes de partir: Esos últimos años, que daban sentido a su vida y hacían que todo hubiese valido la pena… Y la culpa, la culpa de los Nietos ke alegraban su mirada, alegraban sus días…
«Miel y limón, vela encendía, café migao, Guerra Civil, silla de enea,
cebolla para la tos, ropa mojá en la azotea.
Miel y limón, pan con aceite, misa de domingo, aceitunas partías, dinero a sus nietos, pero de escondías, el bicarbonato, tabla de lavar, huerta regá, brasero de picón, patio con macetas, huevos pasaos por agua, roete y rebeca, hambre y sopita de pan.
Y en el vestido, alfileres con jazmín.
Y en el vestido, «enganchones» de trajín, y a sus espaldas, trampas y nietos colgaos.
Eso es con lo que vivía, todo lo que ella tenía y cuando comían sus hijos, ella ya estaba comía.
Si tú tienes la gran suerte y está contigo a tu vera,
abrázala y no la sueltes, que no hay tesoro que valga tanto como tu abuela».
(Esto último extraído de «Chirigota Ojú qué Bochorno»).
No hay grado de consanguineidad y parentesco que aporte tanto y tan bueno a una persona, en todos los sentidos.
¡¡Quien tiene una Abuela tiene un Tesoro!! Dulce Lokura… Abuela que todo lo curas…


