«TU OTRA FE»

Un paso tras otro paso, de rodillas descontaba los metros que separaban el inicio de su penitencia, de la salvación sanadora de su ser…

Canon impuesto por los errores morales cometidos en el devenir de sus días como persona de carne y hueso, con alma de conciencia cristiana y exceso de culpabilidad, necesitada de ser redimida por el más alto de los poderes, morador del templo que a la distancia, parecía adivinarse entre la arboleda, que dibujaba un camino de tierra de color canela pálido, moteado de piedrecitas… Las rodillas ensangrentadas, quemadas por el roce del camino, fuego en la carne de aspecto necrosado, por la arena y las chinas del camino, formando una costra hiriente… Sudor amargo con sabor a hiel, en un cuerpo herido, ansioso por pagar el suplicio de una promesa, acompañado por los ecos de una plegaria banal, que acuna los «mea culpa», «mea culpa» y pide perdón a un ser superior, dueño de su alma, de su cuerpo y de su fe…

Faltaban escasos metros y las manos carentes de identidad, sin apenas huellas en sus dedos, también dejan un rastro por la alameda, de humedad dolorosa y sangre fresca, mugrienta al contacto con la arena… Alzó la mirada y ante ella creyó ver por fin la luz sanadora, que tras dos horas de sacrificio le regalaba la sombra de un templo, con planta de cruz, al más clásico estilo renacentista, de altas bóvedas que hacían reverberar los cánticos eclesiásticos, difuminándolos de tal manera que parecían llegar a lo más alto. Al ansiado paraíso…

Salvado el portal de la entrada, escoltada por un oscuro y enorme pórtico de madera de haya, de bisagras negras, chirriantes y dos aldabas de quintal, apenas veinte metros la separaban del altar… Ostentoso ejemplo de hipocresía, que quitas el pecado del mundo… y yo me muero de hambre, pero rezo y me golpeo el pecho y tú te mueres de hambre, pero reza también y no preguntes por qué, aquel sí que tiene para comer y su basura en tu pueblo sería un manjar…

Rezo y prometo pagar por mis errores bautizados con el nombre de «pecado» y de apellido desconocido, por ser bastardo, sin padre ni madre que lo quieran reconocer… Y allí, encaramado en un madero, adoptado como símbolo de tu secta, se encuentra Él. Maniquí de madera, actor principal de una historia que se estrenó hace más de dos mil años y que sigue en cartelera… Cabizbajo, con el rostro dolido, con el cuerpo tatuado de sangre y semi desnudo, diciéndote que todo eso y más es lo que él sufrió por ti y por el resto de fieles…

Tú, llegas a sus pies y le dices: «mira todo lo que he sufrido hasta llegar aquí… Te lo prometí y lo he cumplido… Ahora por favor te suplico, ayúdame y concédeme lo que te pido…» Y tras verle casi agonizar y vomitar su dolor, con el reflejo en su demacrada cara, por la luz que a través de la claraboya iluminaba los escombros de su cuerpo, que escoltado por los sirios paralelos de otros tantos cientos de penitentes, a los que su fe sólo les llega para procesionar con el traje de los domingos y una mantilla heredada generación tras generación, la miró fija a sus ojos entristecidos y le dijo: «¿Quién te ha dicho que este es el camino y la forma de conseguir lo que me pides…? Tan desalmado haces que me sienta, pensando que crees que yo pido dolor y daño como compensación a tus errores, que no alcanzo a saber qué es lo que no habéis entendido…

Ahora me pides algo y además necesitarás que también sane tus heridas… ¿Qué vas a hacer entonces para pagarme este otro favor…?» Y dos lágrimas cayeron de sus ojos y alguien cerró las puertas del templo y con ello supo que su vida tenía otro sentido y sintió pena de sí misma…, casi asco. El mismo asco que a veces siento yo… Mi otra Fe…

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