Minifalda azul eléctrico, un top lila, zapatos negros de tacón de aguja, sombra negra azabache en los ojos, volumen extra en las pestañas y unos labios rojos pasión, eran su uniforme de trabajo…
Camino de la Alameda, son las nueve y el sol ya se había apagado casi del todo… Cruza sola el descampado que separa la urbe del extrarradio, sin miedo, segura de sí misma, dentro del la burbuja de la propia inseguridad, que le obligó a abandonar su casi recién estrenada adolescencia, para de repente, hacerse mayor a base de palos y de zancadillas que la puta vida le regaló y que le obligó a vivir en un entorno áspero, fruto de una familia destrozada, huérfana de un padre alcohólico, maltratador de oficio y que además la lotería del «jaco», les premió con un hermano yonqui y portador del VIH, para alivio de sus penas…
Estrellas esparcidas en el cielo, como si de purpurina derramada en una cartulina negra se tratase, la ven llegar a su puesto de trabajo… Su «sonrisa profesional», dibujada de rojo intenso, saluda con un guiño a algunas compañeras, que árbol sí, árbol también, jalonan la cuneta, que trescientos metros más adelante llega a la rotonda del polígono, territorio éste impenetrable e inaccesible, propiedad y usufructo de las rumanas y algunas otras de los países del este, que se quedan con casi todo el «trabajo»: cuerpazos de casi metro ochenta, como sacadas de un casting, exagerada juventud, que casi hace imaginar una virginidad irreal, pero que sirve de reclamo y señuelo para maduros sedientos de morbo y perversión, a un precio que denigra y degenera a niñas víctimas de las mafias, que comercializan sin escrúpulos sus cuerpos equivocados de vida y de lugar… Veinte euros un «completo», hace imaginar el resto de la tarifa con las que se venden cada día.
Seis horas de trabajo… Seis horas de soportar babosos, de escuchar mil historias maquilladas de mentiras, de fingir pasión, de sumisión controlada, en el mejor de los casos… Todo ello para 90 euros que ganarás «con el sudor de tus ingles». Todos los días, sin excepción de laborables o festivos, llueva o haga frío y así durante tres años… Todo por Carlos, que en casa, al cobijo de su abuela, permanece ajeno al sacrificio de una madre, que tras llegar a casa, se quita su «uniforme» de trabajo y se convierte en el «Ángel de la Guarda», que vela por el bienestar de su más preciado tesoro y que lucha por posponer la llamada de la muerte, que hace unos años llamó a la puerta de su corazón, con vencimiento prescrito a corto plazo, salvo milagro o previo pago en hospital competente, del dinero que le permita la intervención y posterior tratamiento, que pinte de blanco un futuro hoy teñido de gris oscuro…
De camino a casa y con el honor envuelto hoy en billetes de diez y de veinte, se entretiene recogiendo los «tapones azules» de las botellas de agua que van quedando tiradas junto a la acera y así cada día, pues alguien de servicios sociales, le dijo que existía la posibilidad de que algún día fuese Carlos al que llamasen, para decirle que es él el siguiente en la lista de una ONG, que recauda por este medio, dinero para niños necesitados y carentes de posibilidades materiales…
Son las 3:30 de la madrugada cuando por fin llega a casa… La luz de la salita de estar está encendida y su madre espera despierta. ¡Qué raro! Algo sucede… Abre la puerta y la cara de tristeza y amargura con la que su madre se maquillaba día tras día, había desaparecido. Un sonrisa iluminaba su rostro cansado y un brillo en los ojos la reciben, impacientes por decirle que sí, que por fin… Que hoy el teléfono sonó poco después de haberse marchado, para informarles que a finales de mes recibirían un cheque por valor de 12.000 euros, para cubrir los gastos de la operación y el tratamiento de Carlos…
Tres años ejerciendo la prostitución… y no, no apareció un Richard Gere con dinero para solucionar sus problemas… Tres años ejerciendo la prostitución, recogiendo los «tapones azules» de vuelta a casa… Tres años de prostitución que no quedarán vacantes, pues otra ocupará su lugar… Otros problemas, otro drama, otro sufrimiento…
¿Y la esperanza…?


