«SUEÑO DE JERICÓ»

Perdido entre montañas, casi al final de un valle tosco y árido, serpenteado por el curso de un río, cuyo caudal sólo podía dar para llenar un cubo, si se tenía la paciencia suficiente como para estar una media hora arrodillado, esperando a que se llenase. Ínfimo y lento transcurría entre piedras y matorrales de largas raíces, que lo sangraban bajo tierra, bebiéndose la humedad que su lecho albergaba medio metro más abajo. Solo un par de veces al año se convertía en aquello que de verdad conocemos como un río, coincidiendo con las lluvias del triste otoño, antesala del frío y cruel invierno, que teñía de gris los días, pero sin apenas dejar agua, sólo frío, seco y castigador.

        Tres arboles tristes, pero generosos con el fruto que regalaban, hacían la postal del entorno algo menos monótona ante la mirada. Por lo demás, todo sequedad…, canela en el suelo, que le daba ese color y ese aspecto desértico; gris en los alrededores, de muros de piedra y escarpadas crestas que peinaban las montañas que formaban el valle, vigiladas de cuando en cuando por varias parejas de azores, que oteaban desde lo más alto cualquier resquicio de vida terrestre, que sirviese de alimento para sus polluelos recién nacidos, hasta que ellos mismos pudiesen ejercer de verdugos que se buscasen su propio sustento…

        Yazmina Al-Sar, a sus diecinueve años recién cumplidos vivía al cuido de la única casa que había en varias decenas de kilómetros a la redonda. Huérfana de madre, desde bien niña, se encargaba de morar la casa en solitario, para evitar usurpaciones de nómadas trashumantes, que cruzaban el valle con sus ganados o de amigos de lo ajeno, que fuesen de paso hacia ningún lugar… Mientras, su padre Abdul Hakim Al-Sar, pasaba largas temporadas fuera del hogar, con su rebaño, buscando aquellos pastos ricos y frescos que alimentasen su ganado y creciera lustroso y sano, para poder venderlo con garantías, en algún mercado de la capital de la región más septentrional de la Cordillera del Atlas, distante a pie unos siete días, con sus siete noches desde su modesta «granja».

        Yazmina pasaba los días entre cacerolas de barro ennegrecidas por el fuego, y los quehaceres propios de la casa, entre los que se encontraban también el cuidar de los carneros recién nacidos, que no pudieron acompañar al resto del rebaño y que sufrieron un destete prematuro, que hacía que Yazmina tuviese que alimentarlos a base de biberón cada día. Su única compañía y la culpable de que la soledad no se quedase a vivir allí, era Cobi, un viejo perro pastor, que ya no estaba para esos menesteres, pero que ejercía de fiel compañero y guardián.

        A pesar d los años, el can, de color negro tizón, no había perdido su pose y su figura de perro ágil y bien plantado y aun era capaz de correr y brincar la tapia del corral sin problemas, pero eso sí, su vista y su oído no le acompañaban para la tarea encomendada. Su otra compañía era una Rosa de Jericó, colocada en un recipiente con agua, justo al lado de la entrada a la casa. Misterioso y enigmático ser, culpable o no de la suerte y el destino d la joven Yazmina…

        Pero los días eran largos, las semanas interminables y los meses se hacían eternos, en aquella monótona soledad y fue por tal motivo que Yazmina se aficionó a dibujar primero y luego de ir perfeccionando su técnica, a pintar todo tipo de retratos, imaginarios la mayoría, claro está; paisajes, momentos, estados de ánimo, etc. Tenía una habilidad innata a la par que inusual para ello. Todo comenzó de muy niña, poco después de faltar su madre. Un día tras una de las salidas de su padre con el ganado, a la vuelta, le trajo un estuche con lapiceros y pinturas de colores, junto con unos cuantos pergaminos de papel… Él siempre le traía algo de la capital y ella le regalaba un beso, encaramándose a su cuello de un salto y rodeándole con sus brazos…

        Era a primeros de Octubre, el día había amanecido claro, con un sol alegre y un cielo inusualmente azul, moteado de nubecitas que dibujaban graciosas figuras, que un ligero pero agradable viento difuminaba; otras, jugueteaban con las cumbres más altas… Todo estaba tranquilo, como de costumbre y así transcurrieron las horas, hasta que el sol decidió que era el momento de ir bajando paulatinamente su luz y empezar a recogerse. En la casa a esas horas, un candil de aceite acunaba una llama constante que rompía la noche del valle y que iluminaba el pórtico de la casa y dentro, la candela siempre encendida, dispuesta para cocinar aquello que se terciase y a dar a Yazmina y a Cobi el calor necesario para descontar una noche tras otra…

        Y aquel día, justo en el preciso instante en el que el sol había decidido lo que había decidido, a mitad del valle Yazmina empezó a distinguir siluetas de colores que serpenteaban entre los senderos que bajaban de las montañas, junto con media docena de vehículos todo terreno que rompían con el sonido de sus motores, el casi sagrado y virgen silencio que en ese valle siempre había existido.

        No había la menor duda de que toda esa gente se dirigía hacia la luz del candil, invitados por el apetecible reguero de agua que el río llevaba, ese día algo más caudaloso, pues había llovido durante toda la semana y también por la generosa explanada que al otro lado del corral se extendía y que perfectamente serviría para montar el campamento y hacer noche allí…

¿Continuará…?

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