Quiero ser ese anciano del que tanto se habla hoy, por lo que hizo «ayer».
Quiero ser ese anciano al que por partes equidistantes, unos han querido hacer sentir como ese juguete roto.
Pero también quiero ser ese anciano al que la otra parte le ha hecho sentirse como un héroe de antaño.
Quiero ser ese anciano para el que llegado el momento, dicen que no habría ni oxígeno, ni cama, ni siquiera velatorio, ni plañidera «de oficio» que llorase su adiós.
Pero también quiero ser ese anciano al que por contra y con todas las de la ley, hemos protegido, hemos ayudado y hemos escondido del miedo y del riesgo que acechaba, como a un republicano en postguerra.
Quiero ser ese anciano, al que le privaron del tesoro que suponen para él sus nietos, a los que vistieron con la sombra de la «parca», por culpa de un contagio que los buscaba tras los muros de su hogar.
Quiero ser ese anciano al que los réditos de un sacrificio ya muy lejano, casi no le han servido de mucho, en según qué lugar y qué momento.
Pero es que también quiero ser ese anciano, por el que otros muchos han mirado de frente al riesgo, para que ellos no se expusieran.
Quiero ser ese anciano al que han emboscado en residencias del tres al cuarto, mantenidas a precio de oro, en las que alguno se dejó la puerta abierta y «alguien» robó las almas tranquilas, mientras esperaban la sopa tibia e insípida del mediodía.
Quiero ser ese anciano al que sus nietos y sus hijos matarán a besos y abrazos, tan pronto la oscuridad doble la esquina.
Y quiero que cuando pasen otros cincuenta años, Tú, yo y todo el que así lo desee, quiera ser ese anciano al que se le recuerde, porque sobrevivió a una pandemia que nos selló los labios y nos impidió besar. Una pandemia que nos privó del tacto en unas manos ávidas de sentir el calor de un abrazo. Una pandemia que puso un filtro pixelado al roce de piel con piel.
Quiero que seamos esos ancianos, a los que si dentro de cincuenta años, nuestros cuerpos siguen proyectando nuestra propia sombra en un día soleado, en un parque cualquiera, de una ciudad cualquiera, se nos recuerde porque una vez hicimos las cosas bien.
Quiero que esa vejez cuente entre su repertorio de batallitas, esta que nos ha privado de respirar con libertad, de besar y de acariciar sin miedos. Porque nunca dos metros se me hicieron tan largos y distantes entre Tú y yo.
Quiero ser ese anciano que un día hizo algo por la vida.
Quiero que Tú, cuando también seas anciano, recuerdes estos días, no exentos de pena y tristeza, por aquellos que cayeron en el frente, sin casi haber tenido tiempo de atrincherarse como nosotros, y sin apenas balas en la recámara, para poder defenderse.
Quiero ser ese anciano nonagenario que mañana visitará las obras en marcha de mi ciudad. Esas mismas que hoy sufren retrasos, dicen que por el simple hecho, de que los ancianos de hoy, tienen prohibido visitarlas y va a ser cierto que esta hipótesis es veraz…
Y quiero ser ese anciano por el que dentro de cincuenta años las palomas del parque no se pregunten dónde están los viejos de hoy, que ayer mismo las alimentaban con ese pan duro, que en su infancia ya habrían querido ellos para sí mismos.
Pero hoy, yo aún no soy ese anciano que quisiera ser pasado mañana y todas esas tareas aún están por venir.
Mientras tanto ahora toca cuidar de aquellos jóvenes de hace cincuenta años, a los que las palomas siguen llamando cada día con sus tímidos gorjeos.
Aquellos a los que los capataces de las obras siguen esperando al otro lado de las vallas.
Aquellos que por suerte o por desgracia seguirán o volverán a sus residencias, para en algunos casos, tan sólo ser un número más, beneficiario de una pensión, que sufraga un «bienestar de mierda».
Aquellos cuyo único sueño a día de hoy, es no marcharse sin ese último abrazo de los suyos. Ese sueño, que también es su único miedo.
Aquellos que se han sentido presa fácil de un virus, cuyo nombre hasta incluso les resulta complicado pronunciar.
Yo, mañana si dios (sea el que sea) quiere, me sentiré orgulloso de nuestra generación, no sólo por haber vencido a este bicho, sino también por haber protegido a los ancianos de hoy, a los que tanto quisiera parecerme mañana…
¡¡A mi Madre!!
Dulce Lokura…, hoy más que nunca.


