Aquel día Castillejo de Dos Casas amaneció frío y húmedo, como siempre por esas fechas. El invierno en la comarca, se hace largo y muy duro, sobre todo para los que trabajan a la intemperie. El cielo estaba cerrado y se vislumbraba que el día iba a permanecer soterrado bajo un manto de niebla, que difícilmente dejaría que el sol asomase, para saludar a sus habitantes y templarles el ir y venir de sus cuerpos, calle arriba, calle abajo. Aquella niebla, que desde recién entrada la madrugada se había apoderado de la totalidad de la comarca del Campo de Argañán, le otorgaban un aspecto triste y tenebroso, como el de aquellas frías y húmedas calles londinenses, en las que Jack el Destripador llevaba a cabo sus atroces crímenes.
En la casa de Manolito la actividad se iniciaba antes del alba. La primera en ponerse en pie, era siempre Mariana. De hecho, cuando ella encendía la luz de la cocina, ni siquiera el gallo había despertado al vecindario, con su primer canto matinal. Faltaban unos minutos para las cinco de la mañana. Y así cada día, excepto los días no laborables, que solía ser ninguno, salvo motivos de fuerza mayor.
Había mucho que hacer, para que cuando Agustín apareciese por la cocina, el hombre ya tuviese dispuesto un buen desayuno, que le ayudase a sobrellevar con fuerzas y vitalidad, la dura y larga jornada de trabajo en el monte, junto al ganado.
Lo primero que debía hacer, era encandilar las ascuas, que como si estuviesen hibernando en modo pausado, guardaban el calor rojizo, cubierto por aquel ligero velo gris de ceniza, fruto de la candela que la noche anterior lo había encandilado. Sólo había que removerlas un poco, añadirles unos salzillos secos y soplar un poco con el fuelle, para que las llamas volviesen a resurgir y pudiesen dar buena cuenta de aquel tronco seco y carcomido de madera de encina, que aguardaba junto a la chimenea, para mantener caldeado el hogar el resto del día.
Dispuso dos buenas rebanadas del pan que ya hacía varios días había sido horneado, colocadas frente a las brasas, para que poco a poco, el calor de las mismas, las dorase y diese ese toque crujiente, que volviese a hacerlo tan apetecible como si estuviera recién salido del horno. Después, volvió a dejar el resto de la hogaza junto a la alacena, cubierta con un paño de lino, que la resguardase, por lo menos de las moscas.
Aquel olor a pan tostado, junto al del café de puchero, que casi estaba a punto de entrar en ebullición, comenzaban a darle a aquella fría y vetusta cocina el aspecto de hogar acogedor, que otorga el calor y la llama purificadora del fuego de una buena chimenea, en época de nieves.
La manteca para untar en aquel pan caliente, que con su calor prácticamente la volvía a convertir en aceite, aderezada con un pellizco de sal, serían el mejor acompañamiento para aquel café casi insípido, que se hacía algo más bebible, gracias a un buen chorro de leche de cabra, recién ordeñada. Leche que Mariana se encargaba de traer cada día en la lechera, desde la cuadra que había al otro lado del patio, donde apartadas del resto, permanecían dos de las cabras que más y mejor leche daban y que estaba reservadas para el consumo propio de la casa.
Ya casi el desayuno estaba dispuesto. Mientras, Agustín en su dormitorio, apuraba en su castigada tez, las últimas pasadas del afeitado matinal de cada día. Una palangana de aquellas blancas con su borde azul marino, casi repleta de agua tibia, que Mariana le había preparado, su barra de jabón de afeitar, la suave brocha con mango de nácar con betas grises, a juego con el mismo mango de aquella precisa, afilada y brillante navaja de afeitar, que era el único ajobar que Agustín conservaba del día de su boda, eran toda la parafernalia que todos y cada uno de los días del año, en los que amanecía en casa, ponía en marcha para acicalarse. Jamás salía sin afeitar y sin la ropa limpia. Era un hombre recto, de costumbres constantes y arraigadas. Dos zarpadas en la cara de aquella agua, ya prácticamente fría, unas gotas de brillantina que ayudara a peinar aquel cabello cano y listo para salir al mundo. Los escasos días de guardar, además de todo aquel ritual de a diario, también se ponía algo de Varón Dandy, para completar el acicalamiento.
Eran las seis de la mañana cuando Agustín salía de casa con el zurrón lleno del sustento, que le ayudaría a pasar los días que estuviese fuera del hogar, con las bestias, hasta que cayera el sol y se recogiese en el refugio con el ganado, para poder descansar su castigado y sufrido cuerpo. Solían ser varios los días que pasaba fuera de casa y eso hacía más duro si cabe su trabajo.
De normal, Mariana permanecía en casa todo el día con sus quehaceres y sus labores, además de estar al cuido de Manolito y de Serafín. Aunque este último ya casi se manejaba él solo, pues era unos años mayor e incluso ya iba al colegio desde hacía un par de años o tres. Pero aquel día había que ir a comprar víveres y otras necesidades a la ciudad. Aprovecharía para ir con su hermana Delfina, al vecino pueblo de Almeida, al otro lado de la frontera con Portugal. Para ello debían coger el autocar de línea, a eso de las ocho de la mañana, para tratar de estar de vuelta a casa antes de la hora del Ángelus. Si bien, Ciudad Rodrigo disponía de una buena y variada oferta comercial, Almeida ese día montaba y ofrecía su mercadillo de segunda-feira (Lunes en España) y allí podían adquirir todo cuanto precisaban, a un precio más económico que en la capital de la comarca.
Manolito y su hermano pasarían la mañana en la escuela y a la salida, si Mariana y Delfina no habían vuelto, sería Lola y Tina las que se harían cargo del pequeño Manolito, tal como finalmente sería. Serafín ya tenía una edad y andaba con otros menesteres.
La mañana rompió en el pueblo con el ajetreo y los comentarios de aquellos que habían madrugado: se rumoreaba que habían visto por las inmediaciones del pueblo a dos extraños, que de todas todas, eran forasteros, no sólo del pueblo, sino también de la comarca. Esos comentarios, sumados a los últimos acontecimientos acecidos en la vecina localidad de Vale da Mula, al otro lado de la frontera, donde hacía una semana había aparecido ahogada en el Río Touroes y desnuda de cintura para abajo, una anciana de noventa y cinco años, presuntamente violada por alguien ajeno al pueblo, ponían cierto nerviosismo entre los lugareños.
El día no acompañaba, pues la niebla no había levantado en toda la mañana, incluso el cielo, que no se apreciaba por culpa de ésta, parecía haberse tornado más oscuro, gracias a la borrasca que desde las Islas Azores, había penetrado por Portugal, atravesando todo el país, para adentrarse en la comarca salmantina, donde estaba previsto que a últimas horas del día, descargase una buena tormenta, que igual incluso terminaba dejando las primeras nieves del año.
Por apenas unos minutos y por culpa de un descuido, Mariana y su hermana no pudieron coger el autocar de las once. Aquello suponía tener que esperar hasta el siguiente, que no saldría hasta la una del mediodía. No obstante, Lola tenía instrucciones para si llegada la hora de la salida de la escuela, no habían llegado, se acercase al colegio para recoger a Manolito, llevarlo de vuelta a casa y acompañarlo allí, hasta que ambas madres llegasen. Y así fue. A las doce, nada más sonar la campana que ponía fin a las clases de la mañana, Manolito salía corriendo con su babi de cuadros azules, sus rodillas llenas de costras y arañazos, por tantas caídas sufridas mientras jugaba por las abruptas y maltrechas calles del pueblo y con la ilusión en los ojos, por quedar liberado del suplicio, que para él suponía tener que ir a la escuela cada día. Lo que a él de verdad le gustaba, era correr y saltar como un cervatillo, por los campos y por los montes próximos al pueblo.
La advertencia de aquel rumor con el que el pueblo se había despertado, referente a los dos extraños que supuestamente pululaban por las inmediaciones del mismo, habían llegado a oídos de Lola, por lo que las instrucciones habían sido claras y concisas. Debía recoger a Manolito y a Tina e irse a casa presurosa y sin entretenerse. Una vez allí cerraría puertas y ventanas y aguardaría a que ambas madres llegasen. Por supuesto estaba totalmente prohibido abrir la puerta a nadie, ni siquiera a conocidos.
Una vez en casa de su tía, Manolito entró como siempre a la carrera hasta llegar a la cocina, desde donde tras saciar su sed con un buen vaso de agua del aljibe, se dirigió al corral para buscar cualquier cosa con la que poder jugar y entretenerse. Tina siguió tras él, para llevar a cabo la encomienda que Lola, que era la mayor, le había hecho, con el fin de que fuese ella la que se encargase de vigilar a Manolito. Mientras tanto, ella se abstraía de todo y de todos, leyendo una de aquellas revistas modernas, que alguien le había traído de la capital.
Fuera se había movido una ventisca de aquellas que hacían que el viento soplase tan fuerte, que provocaba aquel peculiar silbido, que como en las películas de terror, parecía presagiar el fin del mundo o cuando menos alguna tragedia inminente. Era un sonido desagradable a la par que inquietante. En el patio el trajín del corretear de Manolito y Tina detrás de los animales, incordiándoles y alterando su paz, ya se había hecho familiar para los oídos de Lola, que seguía sumida en su lectura de las cosas que pasaban en la gran urbe y en los sitios de moda, que aquella revista le ofrecía a sus ojos, ávidos de las novedades y del progreso que unos kilómetros más allá de su pequeño mundo, se vivía en la capital del país.
Poco a poco el cacarear de los gallos y las gallinas; el ruido de las pezuñas de las cabras al saltar de un lado hacia lado, para tratar de huir de sus perseguidores; el gruñir de los cerdos que había al otro lado de la tapia y otros tantos sonidos propios de toda aquella fauna, había ido cesando, sin que Lola le echase cuentas. De repente un golpe seco y fuerte desencajaba la puerta de la entrada, que hinchada por la humedad, dificultaba su apertura. Lola sobresaltada, dejo ipso-facto la lectura y tras un hábil y fugaz acto reflejo, escondió la revista debajo del cojín que había sobre la mecedora de la sala. Era Mariana, que por fin había vuelto de Almeida. Lo hacía cargada con dos capazas y alguna que otra bolsa, que le dificultaban sobremanera la entrada a casa, a través de aquella quejumbrosa y chirriante puerta de la entrada, que pedía a gritos un cepillado en la carpintería del pueblo.
—¡Madre! ¡Tía! ¿Sois vosotras?
—¡Por supuesto! ¿Quiénes vamos a ser si no, el hombre del saco y su ayudante?
—No, claro que no. Pero es que no le he oído las llaves y me he sobresaltado con el ruido de la puerta.
—¡Vaya! Debías estar muy concentrada para no escucharme llegar. ¿Qué estarías haciendo? —Reprendió Delfina.
—No, nada, aquí pendiente de los chiquillos.
—¡Ah, muy bien! Por cierto, ¿por dónde anda el diablillo de Manolito y tu hermana?
—Están los dos por el patio jugando.
—¡Tina! ¡Manolito! ¡Tina!
Ni Manolito, ni Tina contestaron a las llamadas de Mariana y Delfina, a pesar de la insistencia. Aquello extrañó mucho a ambas y decidieron salir al patio para ver qué sucedía…
¡Horror! El espectáculo con el que se encontraron fue dantesco y aterrador. Sangre por todas partes, ni rastro de ninguno de los animales, salvo la infinidad de pollitos de cría, que yacían muertos a lo largo y ancho del corral. Pero ni señales de los niños. Todo se oscureció ante la mirada horrorizada de Mariana. Mil suposiciones pasaron ante sus ojos, con la imagen fija de aquellos dos extraños, que con el alba y ayudados para ocultarse por las sombras de la todavía negra noche, habían aparecido por el pueblo, con dios sabe qué macabras y crueles intenciones.
—¡Por dios, mis niños! ¿Dónde están mis niños?
Lola que permanecía agazapada y ojiplática detrás de su madre, no alcanzaba siquiera a llamar a los niños. Sus piernas temblaban como dos juntos zarandeados por el viento, mientras un húmedo y tibio fluido corría por ellas hacia abajo, hasta perderse empapado en sus calcetines.
De pronto, Tina apareció desde el fondo del patio con un caminar de pasitos cortos y la cabeza gacha. Parecía estar bien a simple vista, pero asustada.
—¡Tina! ¿Dónde está Manolito? Dime, ¿dónde está? ¿Qué ha pasado? ¿Quién ha sido, dímelo, quién ha hecho todo esto? —Le requirió con premura Mariana.
Apenas sí alcanzó a levantar la mirada, sin poder decir nada más que un: “yo no he sido, tía”.
El ruido al tropezar llamó la atención de Mariana, que alzó su mirada en dirección hacia la cuadra. Allí, como un espectro y ante la oscuridad de la estancia, se recortaba la silueta de quien parecía ser Manolito. Su babi azul estaba bañado en sangre y sus manos y su cara, también estaban teñidas del escandaloso color rojo de aquel fluido vital. La cabeza llena de plumas y una mirada, que no se sabía a ciencia cierta, si delataba miedo o culpabilidad. Pero algo había en ella que hizo a Mariana tranquilizarse, al vislumbrar que lo que allí había sucedido, ni mucho menos había sido el asesinato de dos niños, a manos de los dos extraños que habían alterado la paz del pueblo, aquella fría mañana del 28 de Enero de 1963.
Manolito, obedeciendo órdenes de Tina, había jugado a ser un despiadado aniquilador de aves de cría, por lo que él no dijo ni pío. Evidentemente, los pobres polluelos tampoco tuvieron tiempo.
Mientras tanto, en la esquina opuesta del país, junto a la frontera del otro país vecino, el otro extremo del “Hilo Rojo” de aquella bonita leyenda japonesa, quedaba ya atado de por vida a María José, la otra mitad de un Manolito, cuya vida daría para otros muchos y peculiares capítulos.
Continuara…
Por cierto, ni los dos extraños que aparecieron aquella mañana por el pueblo, eran dos despiadados asesinos, ni la anciana de la vecina localidad portuguesa, había sido violada.
Los dos primeros eran el chófer del camión de dieciséis ruedas y el de la excavadora Michigan, que andaban por el pueblo comprobando los accesos al misma, para poder entrar con aquella impresionante maquinaria, para proceder al asfaltado del mismo, que el alcalde había encomendado.
La segunda, poco después y tras las correspondientes pesquisas, se supo que la pobre nonagenaria andaba cogiendo acelgas por la orilla del río, cuando tuvo un apretón de vientre y al disponerse para aliviarse, tras bajarse las enaguas y el refajo, se cayó de espaldas al río del que no pudo salir.
“FIN”
Rescatado de la memoria… Dedicado con todo el cariño del mundo a Mi Forever, que aunque sé que no es fiel reflejo de aquel recuerdo, he tratado de pintar estas letras para rescatarlo, con todo el cariño del mundo. Gracias por los buenos ratos que siempre nos haces pasar con tus historias de la infancia, a la sombra de un gin-tonic y por darnos mimbres para poder reírnos contigo de Ti, jajaja.
Con el deseo de que las gallinas nunca te vuelvan a picar en…


