«LA CASA DE PAPEL»

La luz anaranjada de una farola de barrio y el cobijo de cuatro cajas de cartón recortadas, provenientes quizás del embalaje de una tele de plasma de alguien pudiente o quizás de un frigorífico de esos de última generación, eran lo más parecido al ambiente de un hogar, que se podría decir, eran parte del inventario de sus propiedades. El continente de toda una vida, resumido en cuatro pertenencias.

Una foto de la que en su día fue la postal de una familia que amó y que le dio la espalda. ¡Tanto tienes, tanto vales! Una navaja medio oxidada, una lata de legumbres a modo de vaso y una cuchara, eran parte de su menaje, a veces inútil y en desuso, por no tener siquiera qué comer. Vestía unos tejanos negros y una camiseta con no sé qué mensaje consumista en el pecho, eso sí, de marca, «comprada» en el contenedor de una de las calles del centro. En los pies unas deportivas sin cordones, dos tallas más grandes de la que en realidad calzaba.

La imagen y sus pintas eran el canon y el estereotipo habitual de ese tipo de personas, impuestos por una moda generalista, obligada a seguir sin complejos, pues no queda otra: el pelo largo y grasiento, barba de mil amaneceres y ese olor a vida, que deshace las posibilidades de ser aceptado por nuevas amistades. Un olor que le aparta del redil, que le permitía poder andar sin tener que esquivar a nadie, en una calle abarrotada del centro de la urbe en hora punta. Porque nadie que no desatendiese la mirada del caminar se dignaría siquiera rozarse con él.

Es el rey de la calle, toda para él, un rey falso, un rey de mierda, un rey destronado, que molesta. Nada que compartir, bicho raro que emana desconfianza y que no tiene derecho a respirar el mismo aire que tú y que yo. Es el centro de atención de allá por dónde vaya, un protagonista negativo e invisible de una vida retransmitida en diferido para él, porque nada le resulta real, todo es ficción, inasequible. ¡Das asco chaval!

“Lucho” le mira fijo y espera junto a él sentado a su vera, en un banco apartado del parque. Su mano áspera le acaricia el lomo y él le devuelve un gesto de complicidad, moviendo el rabo y estremeciéndose de alegría al sentir el cariño de su compañero de miserias.

— ¡Vámonos a casa chico, que ya deben haber encendido la luz de la farola!

Juntos caminan media hora hasta llegar a su «hogar».

¡Hoy hubo suerte! La chica del súper pudo sacar algo de pan y fiambre por la puerta de detrás. Hoy no será necesario engañar el estómago con vino barato para poder dormir y así, de esa manera el can también tendría algo que llevarse al hocico. Esta noche todos contentos, pues hasta las garrapatas de sus orejas tendrían hoy algo de que alimentarse, pues al pobre perro, ya ni sangre le quedaba.

Hacía frío, demasiado para ser un día de marzo. Todo el día llovió y a última hora el cielo quedó raso. ¡Mal asunto! Y encima algún hijo de puta les había robado la única manta que les quedaba.

La tos crónica de su pecho hoy es de un tono raro y sus labios cortados por el frío están amoratados. No es nada, sólo frío.

Una vez que dieron buena cuenta del rico manjar que ese día habían tenido para cenar, ambos se acobijaron en la esquina del callejón, donde por el día, tras la lluvia, el sol anduvo calentando. Cerraron la puerta de su «Casa de Papel», para que no les escupiese el frío a la cara y poder así conciliar el sueño. Soñar que un día supieron soñar, pero de repente se les olvidó.

“Lucho” esa noche estaba inquieto y se acurrucó en el pecho de su amo. La respiración de su dueño era acelerada, mientras un temblor con una cadencia inusual y repetitiva le sumió en un sueño lento, como si la vida le dijese que estaba cansada de llevarlo y de traerlo.

Hoy era diferente y su alma y su conciencia le dejarían soñar. Soñar con esa vida que antaño disfrutó y soñar que “Lucho” corría y saltaba a su lado. Incluso su economía le daba para comprarle un collar antipulgas. Saludaba a la chica del «súper», de camino al trabajo y tropezaba con la multitud, en esa calle repleta y que hasta incluso se disculpaban por la torpeza del encontronazo fortuito, sin que él tuviese que sentir pudor, pues olía a perfume, a recién duchado y vestía ropa, más o menos cara, pero eso sí, limpia. Después de trabajar todo el día, volvía a su hogar, al calor de su familia, que le esperaba en casa, junto a la chimenea. Un sueño, una utopía, a estas alturas, ya un imposible. Ficción de la buena.

Amaneció el día con un sol brillante, tímido pero agradecido, pero “Lucho” esta vez no se despertó el primero. Quiso seguir acurrucado al pecho de su amo, quiso seguir dándole su calor, regalándole su aliento. Aferrado a él, fiel, ¡cómo si no!

Pero no entendió que la vida se aburrió de los dos y uno se rindió y el otro, sin dueño ni compañero, se rendirá pasado mañana…

El último abrazo de su fiel Amigo. El último gesto de cariño, de generosidad infinita y de fidelidad, fue el de “Lucho” y resultó ser lo mejor que le había pasado en su vida…

A “Lucho” creí verlo días después…

¡Tirado en una cuneta!

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