«YO TENÍA 66 AÑOS»

Yo tenía 66 años…
            Y ahora…, cuatro para los cien. ¡Quién te lo iba a decir a ti, viejo gruñón!

            Yo tenía sesenta y seis años y todo el miedo que había podido sentir en mi vida, lo sentí aquellos días y aquellos meses del año 2020. Incluso me vino al recuerdo aquella fría noche de las ánimas del 31 de Octubre de 1941. Una oscura y casi intransitable carretera de Pinoso, cuando venía de vuelta en mi destartalada bicicleta, de disfrutar con mis amigos, de una velada de cine, en el vecino pueblo de Monóvar. Aquel escenario y los ecos de una leyenda urbana, que mi abuela me había contado, hicieron el resto. Pues aquel miedo, no fue casi nada, en comparación con este del que os hablo.

            Aún hoy, al recordar aquellos días, un escalofrío recorre mi ya maltrecho y ajado cuerpo, casi centenario, del que sólo desafía al impasible paso del tiempo, mi memoria. Una memoria que aún a pesar de ser mi más preciado tesoro, a veces me hace reñir con ella y entrar en conflicto, como si de un matrimonio mal avenido se tratase. Reyerta entre pasado y presente, que acaba sangrando tormento y supurando ansiedad y dolor. Y es que en ocasiones se empeña en proyectar en los adentros de mis cansados ojos, recuerdos que nunca logré exiliar de mí, por más que lo intenté. Mala praxis por mi parte, esa de pretender borrar de la psique, algo que nos atormenta o incomoda. Lo único que se consigue es inconscientemente, reforzar ese mal recuerdo y arraigarlo en uno mismo, para los restos. Para cuando uno se da cuenta y comprende su error, ya es tarde y esas escenas que pellizcan el alma, se enraízan y se enquistan en el cerebro, y ya es prácticamente imposible que nos pierdan la pista. Siempre estarán prestas a aparecer al más mínimo atisbo de catarsis emocional, que además a estas edades suelen pasarse muy a menudo a visitarme.

            Pero hoy no fue un ejercicio catártico el que me trajo los recuerdos de aquellos miedos. Hoy fue mi nieto el que llamó a la puerta de la trastienda de mis recuerdos. Una reflexión suya a modo de desahogo, ha sido la que me ha invitado a vomitar mi reflexión. Sí y digo vomitar, en el más estricto sentido de la palabra, porque todos los recuerdos de aquella pesadilla, me producen arcadas emocionales, antesala de la angustia que me provoca desenvejecer la mente y retrotraerla treinta años atrás. Por ejemplo, a aquel otoño del año 2020.

            «Yo tenía 6 años». Así empezaba mi nieto su relato… Y de una forma similar lo he querido empezar yo:

            Yo tenía 66 años…

            Sesenta y seis años y un montón de amigos y «camaradas». Compañeros hoy y rivales mañana, en tardes de partida, porrón y «pasto seco», a la sombra de la morera de la puerta del «Hogar del Jubilado». Eso era lo único y más parecido al cariño y a sentirse protegido y querido, que podía tener en mi haber por aquel entonces. La pérdida de mi hijo y su esposa, por culpa de este puto virus de satán, dejando huérfanas a dos criaturas, se vino a sumar a la ausencia del complemento de mi propio yo; de mi compañera; del amor de mi vida; de mi alma «merguisa»1…, hacía ya unos años que se había adelantado, dejando un enorme vacío en mi vida. Eran ellos y mis hijos y nietos, lo único que me ataba a unos días y a una vida que ya hacía tiempo, no me apetecía seguir viviendo.

            Casi de la noche a la mañana un portazo en la puerta y tardes de persianas bajadas, nos robaron los besos y los abrazos de los nuestros. El «sintrom» para combatir la soledad que te empieza a diagnosticar el tiempo, cuando la vejez cruza esa línea imaginaria en la que con sesenta y cuatro años y once meses, todavía eres joven y en apenas un mes después, con sesenta y cinco años, ya eres un viejo jubilado, al que sólo le queda coleccionar calendarios, a ser posible y si la salud lo permite, cuantos más mejor.

            Coronavirus le llamaron a aquella plaga, a la que los más entendidos llamaron pandemia. Inicialmente nada de qué preocuparse… Estaba muy lejos, allá por la China y en un principio, no había tampoco que alarmarse, pues parecía ser que sólo era mortal en las «personas mayores» y enfermos crónicos. Casualidades de la vida: una de esas «personas mayores», perfectamente podía ser yo, puesto que a esa clase social dicen que pertenecía desde hacía apenas un año. ¡Había que joderse!

            Lejos, muy lejos de la puta realidad, que se encargó de desmontarle a los “entendidos” (esta vez sí, entrecomillado), esas teorías. Fue a base de entierros mudos de llantos, áridos y secos de lágrimas, debido a la ausencia de acompañantes, por imperativo legal. Funerales de féretros blancos y maderas en tonos claros, que evidenciaban la marcha de aquellos a los que realmente, por selección natural, no les pertenecía la llegada de esa «hora».

            Y aprendimos mil vocablos nuevos a la vera de un televisor, que sólo ofrecía cifras y cifras; porcentajes de subidas y de bajadas; números y fechas de inicios y finales intermedios, que realmente nunca llegaron a existir. Sólo hubo un inicio. Dicen que por allá, a finales del año 2019. ¿Y un final? No, el final nunca llegó. Por lo menos, el final deseado. Es más, yo aquí estoy esperándolo todavía, treinta años después.

            Los que sobrevivieron a aquella pandemia perdieron toda esperanza de ese ansiado final, justo en el mismo instante en el que una neumonía bilateral, les mantuvo enganchados a la vida a través de un respirador artificial y otras tantas máquinas, además de los cuidados de un personal médico, que en muchos casos, se dejó la vida por ello y para ellos. Días y días en las UCIS de los hospitales, sin ni siquiera ser consciente de que te has hecho de vientre. Sin ser ni estar, sin ver ni oír. Sin besos y abrazos que te digan que no te puedes, ni te debes marchar todavía. Y cuando por fin vuelve la luz, ya no eres el mismo. Mil secuelas, por aquel entonces desconocidas e inesperadas.

            Recordados han sido por la sociedad, por tratarse de víctimas a granel de una desgracia colectiva. Me vienen a la mente anónimos ausentes, víctimas del sida o más cercanos y nuestros como fueron, aquellos afectados por el síndrome del aceite tóxico de colza del año 1981.

            Otros no visitamos esas UCIS, porque el temido virus, seguramente por cosas del azar, no nos visitó. Pero no por eso quedamos exentos de secuelas, como aquellos que tuvieron cita previa con la muerte y que se libraron de ella por un excedente de cupo, dictado por la caprichosa «parca».

            A nuestros años, tuvimos que aprender a vivir en una sociedad, con nuevas normas. Cada uno de nosotros pasamos, de vivir en cierto modo libres, a vivir entre paréntesis en un entorno cada vez más limitado. A tomar por culo las propiedades distributivas, conmutativas y sobre todo la asociativa, ésta más en un aspecto literario, que matemático.

            Ahora, treinta años después, los telediarios ya no hablan ni de «PCR», ni de confinamiento, ni de antígenos, ni virus, ni nada de nada. Por no hablar, ya no hablan ni de los muertos, que haberlos haylos y por las mismas causas. Pero esto, es como todo en esta vorágine de sociedad en la que nos tocó bregar. La moda, lo novedoso, lo actual, es lo que se vende y de lo que se habla para, poder ganar espectadores u oyentes. Hoy el virus viral del que se habla, valga la redundancia, es «otro». Otro del que como decía don Miguel: «de cuyo nombre no quiero acordarme». Al fin y al cabo, otro más desde entonces… y vuelta a empezar.

            Hoy simplemente queda de aquello como más actual, las secuelas visibles en muchos de nuestros allegados y de cuando en cuando, las obligadas «notas de prensa», en los medios de comunicación, informando de la apertura de los establecidos Períodos de Vacunación del susodicho covid-19. También las mascarillas y esos continuos lavados de manos, que nos han convertido en los «Herodes del siglo XXI». Además de otras tantas medidas de prevención y seguridad, hechas ya nuestras y que ahora forman parte de nuestras rutinas diarias.

            Por cierto, ¿dónde cojones habré dejado yo la dichosa Cartillita de Vacunación? Siempre la misma historia con el papelito del demonio, cada vez que toca vacunarse.

            Por lo demás, poco o nada más que añadir a aquel recuerdo. Bueno sí, que a mis noventa y seis años ya no me importa estar sin afeitar cuando viene la familia a visitarme. Los besos ya no forman parte del protocolo de cariño entre nietos y abuelos o entre padres e hijos. Por lo tanto, ya no tengo miedo a que me vengan con aquello de: «¡Jo abuelo, pinchas!». De los abrazos sólo queda su nombre. Aquel gesto de cariño y amor, que implicaba dar un abrazo, en el que se transmitía y se sentía tanto y tan maravilloso a la vez, se ha convertido en una burda imitación de un solemne saludo, poco más que diplomático y casi impuesto.

            El miedo o el sentido común ganaron la batalla y creedme, que ni ganas tengo de debatir sobre cuál de los dos salió victorioso. A estas alturas de la vida, ya me da igual. De la vida por su parte, sólo me queda la inercia que me empuja hasta donde llegue. Ahora que ya vuelo sin motor, sólo me queda planear lentamente y disfrutar del paisaje y las vistas, mientras desciendo a la tierra que terminará abrazándome para siempre…

            Yo tenía seis años, decía mi nieto… Y toda una vida por delante.

            Yo tenía sesenta y seis años, decía yo… Y toda una vida por detrás.

            ¡¡DulceLokura pues!!

1.- En el argot callosino, es sinónimo de melliza o gemela.

P.D.: Julián, lo prometido es deuda. Relato cerrado.

6 comentarios en “«YO TENÍA 66 AÑOS»”

    1. Muchísimas gracias a Ti siempre y en lo que a este relato se refiere, más aún, pues idea tuya fue que escribiese sobre la visión de una persona mayor, treinta años después. Y gracias infinitas también por seguirme tan de cerca. Un abrazo!!

  1. Gracias por este Relato!
    Muy profundo, cercano y sobretodo real.
    Ah, Gracias a Julián Giménez por compartirlo, todo un acierto.
    Un saludo y prometo continuar leyendo tú trabajo.

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