¡¡Creo que me acabo de mear encima…!!
Así empezó todo… Bueno, miento, en realidad todo empezó hace aproximadamente unos seis años. Cuando dejé de ser dueño de las más básicas, a la par que necesarias necesidades vitales de mi propio cuerpo. Aquellos dolores de cabeza sin motivo aparente; esos pequeños pero molestos y sospechosos calambres en las manos; los tropiezos tontos y las pequeñas lagunas mentales, no eran más que las primeras señales…
Pero al principio suponía que esos síntomas, eran culpa del trabajo, del exceso de ejercicio: tanto gimnasio, tanta bici y tanto partidito con los amiguetes. Y lo de los lapsus mentales, seguro que desaparecerían a la que disminuyese la dosis de mi «evasión» diaria en el balcón, aquella que solía acompañar con una cervecita bien fría.
¡Pero no! Ni aquellos fueron los motivos, ni esas fueron las soluciones. La cosa fue mucho más seria. Tan seria como el nombre de la puta enfermedad que me tocó sufrir en suerte.
Fecha de caducidad a todas unas ganas de vivir, recién renovadas y reforzadas con la llegada de Aritz, nuestro primer hijo.
El declive físico que comencé a sufrir corría más que mi propia vida. Siempre un paso por delante. Me esperaba a la vuelta de cada año, para sorprenderme con novedades nada esperanzadoras. Luego fue más evidente y al gastar cada mes, me enseñaba cuán rápido era capaz de avanzar esa estúpida e inoportuna enfermedad. Y ya a última hora, en cada día los amaneceres, no eran más que el despertar de las pesadillas en las que se habían convertido las interminables noches en vela, gracias a todos y cada uno de los dolores que me venían a visitar, sin apenas tener tiempo de haberme dormido.
Seis años marchitándome al sol del portal o al resguardo de la ventana de mi dormitorio, desde donde cada día contemplaba la vida pasar, viendo el ir y venir de las gentes del barrio; la salida presurosa del colegio de los chiquillos; al butanero, la cartera o «al de los muertos», que cada mes se pasaba por el barrio a cobrar los correspondientes recibos, que nos daban derecho a un lugar en el que reposar definitivamente, el día de mañana. Un día de mañana, que para mí deseaba que fuese ya, cada día.
Seis años en los que lo único que no olvidé, fueron las sensaciones de aquel primer día, en el que cogí en brazos a mi hijo y le di su primer biberón. Ahora es él quien me da a mí a cuchara, la comida triturada a modo de papilla, para que no me atragante.
Seis años…, casi dos mil doscientos días, en los que dos mil doscientas veces quise morirme y otras tantas, quise vivir con todas mis fuerzas. Un tobogán emocional, que se convirtió en el más maravilloso y asqueroso de mis entretenimientos diarios.
La puerta se iba entornando cada vez más. Tanto que ya ni el gato cabía por el resquicio que dejaba y le maullaba al silencio, mientras seguía buscándome. La poca luz que me quedaba y las pocas fuerzas que me acompañaron los últimos días, las dediqué a planificar mi marcha, en contra de una ley, que juzgaría a cualquiera que se ofreciese a facilitarme ese trámite tan necesario, como vital para mí.
Aun así, todo estaba planificado y decidido. El amor de mi vida sería la que me prestaría sus manos para sostenerme el vaso y la pajita, con la que sorber la dosis que me regalaría el descanso que tanto ansiaba.
La vida me estaba jodiendo, pero yo, que siempre fui un cabronazo contra todo lo que consideraba injusto, la iba a terminar jodiendo a ella. Me marcharía cómo y cuándo yo quisiese, no cuando a ella le viniese en gana. No, no le iba a dar ese gustazo.
La mañana se había quedado preciosa aquel día. Con un sol maravilloso y un cielo azul, como de postal de tienda de souvenirs. Como queriéndome mostrar sus mejores galas y así poder convencerme para que no me marchase…
-Bueno amor, llegó el momento.- Dijo Lucía, mi mujer, mientras sostenía con sus suaves y temblorosas manos, mi taza favorita.
-Sí, por fin todos vamos a comenzar a vivir. Vosotros aquí. ¿Y yo?: Algo de mí siempre seguirá aquí con vosotros y el resto, se irá allá donde quiera que vayan los que se marchan.
-¿Cariño, estás seguro de querer hacerlo? Me volvió a preguntar, a sabiendas de que aquel requerimiento con la voz quebrada y triste, no iba a hacerme cambiar de opinión.
-Sabes que es lo mejor. Lo hemos hablado mucho y se supone que ya estaba consensuado. ¿A qué viene esa pregunta ahora? Le recriminé con tono tranquilo y sosegado.
-¡¿Porque te quiero?! Preguntó ella a modo de respuesta.
-¿Puedes entenderlo, si te respondo esto como escusa? Volvió a decirme.
Y dos lágrimas se deslizaron por sus mejillas, cayendo a un abismo, que las llevó a morir dentro de mi taza favorita, mientras se mezclaban con aquel líquido, que por fin me dormiría para siempre, meciéndome en un sueño que ya casi estaba a punto de convertirse en realidad.
De un sólo sorbo bebí el contenido, miré sus ojos azules por última vez y le pedí que se acurrucase en mi pecho. La idéntica cadencia de nuestras respiraciones, nos acompañó durante un rato, hasta que se fue desacompasando a medida que mis constantes vitales se iban apagando. Mi cuerpo cada vez más frío, embebía del calor del suyo, hasta que se separaron y con un último beso en los labios, me dejó marchar para siempre…
Nada más lejos de mi ansiada realidad. Un año más tarde nació Aynara, mi hija pequeña, concebida mediante inseminación artificial, tal y como habíamos acordado, como condición indispensable por parte de Lucía, para poder ayudarme a llevar a cabo mi adiós definitivo.
Y es que Lucía, aquel día no pudo cumplir su parte del trato y sus manos no fueron las que me dieron a beber aquel amargo trago, que me liberaría de la prisión que suponía para mí, mi propio cuerpo.
Hoy Aynara le ha preguntado a Aritz, por qué no puedo salir al jardín a jugar con ellos…
A ello he de sumarle los intensos dolores, a los que ya ni la morfina logra calmar y también, que a partir de hoy, la ley por fin me ampara. Se ha aprobado el derecho a una muerte digna: La ley de la Eutanasia. Una ley que me proporcionará esas manos, que esta vez sí, me ayudarán a marcharme tranquilo y entre otras muchas condenas, también me ayudará a borrar de mi mente la impotencia y el dolor que me suponen no poder tomar en brazos a mi hija, como aquel día lo hice con Aritz…
¡Ahora sí! La hora y el día estaban decididos y los trámites firmados…
Lucía, ya no cargaría con la condena que le habría supuesto hacerme el favor, que yo le pedí años atrás, aunque no por ello mi marcha le fuese a resultar menos dolorosa…
¡¡Adiós pequeña…!!
… y ya todo acabó.
P.D.: Siento la emboscada que ha supuesto el que hayáis leído este crudo relato. Relato que hago mío y suscribo, por si algún día, a mi vida le dar por correr más que a mí.
Os pido disculpas por la tristeza del mensaje y por el mal trago que os pueda haber supuesto leerlo. No pretendo convencer a nadie, ni justificar nada. Cada uno con su conciencia, sus decisiones y sus creencias. Es tan solo una opinión personal, que se ve diferente cuando has visto de cerca lo que la vida puede llegar a hacer con una persona.
Por fin la opción existe y hoy somos un poquito más libres y dueños de nosotros mismos.
La Muerte hace tiempo que se convirtió en un tipo de condena, para algunos condenados. Pero es que la Vida, hace tiempo que también se convirtió en un tipo de condena, para algunos enfermos.
Ahora, la Muerte significa para el enfermo terminal, lo mismo que la Vida para el indultado, condenado a muerte: Un sueño hecho realidad.
Va por Ti, allá donde estés…



Me encanta 👍😘
Muchas gracias!!
Me encanta😍❤️
Gracias Hermana!! 😘
Trágicas situaciones que la vida nos pone delante sin haber ido a buscarlas. Como bien dices es una cuestión personal que cada uno maneja como puede según sus convicciones las cuales también pueden ser cambiantes según la experiencia con estas situaciones límite. Lo que debemos de tener claro es que cada persona tendrá una solución y todas son respetables. Enhorabuena por el texto !!
El hecho de poder decidir, respetar y ser respetado, nos hace mejores personas y sobre todo más libres.
Gracias por comentar. Siempre es interesante tu opinión. Un abrazo 😉
Hoy nuestra sociedad es un poco más humana porque los que lo sufren obtienen el derecho a decidir sobre lo que solo les concierne a ellos.
«Seis años marchitándome al sol del portal …»
Muchas gracias Roca por este relato que nos da a conocer la realidad de algunas personas tan difícil de encajar desde el otro lado.
Gracias a Ti Esmeralda, por comentar y por compartir pareceres. «Seis años marchitándome en el portal…» Pero otros llevan seis, más seis, más seis, más… Y no es justo.
Un abrazo
Es difícil…muy difícil de entender, para las personas que no han vivido de cerca una situación así de injusta…para todas las partes. El sufrimento de ver a un ser amado sufrir y ver como su vida se apaga y saber que él es consciente de ese hecho, es una de las situaciones más injustas que he tenido que vivir y sentir, sobre todo la impotencia de no saber que hacer para poder aliviar ese dolor y poder contestar a sus porqués…
Somos totalmente libres para decidir todas las situaciones de nuestra vida… nuestro trabajo, nuestra pareja, nuestro domicilio, nuestro coche, hasta el número de hijos que queremos tener… nuestra Vida…tomamos decisiones sobre nuestra Vida… quién somos el resto para decidir sobre la Vida de los demás?…. pensemos
Enhorabuena cariño.
Muchas gracias Vida!! Tan duro como real tu comentario, a la vez que muy reflexivo. ¿Quiénes somos nosotros para decidir sobre la vida de otros y su derecho a dejar de sufrir?